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    • 10 DIC 19
    Delirios verbales

    Delirios verbales

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    “El parricida esquizofrénico de Vinaròs declara que «atacó a un varón disfrazado de su madre»”; Esquizofrénico mató a machetazos a una abuela frente a sus nietos; “Detienen a un hombre esquizofrénico de 57 años por matar a golpes a su madre, de 83, en la localidad castellonense de Vinarós”; “Un hombre con displasia de cadera mata a su vecino tras meses de discusión”.

    Hay algo que no encaja. La última noticia es un anuncio falso, algo que acabamos de idear, un fake que utilizaríamos hoy en día. Sin embargo, de todas ellas seguramente que nos hayamos parado en esta última: ¿y qué más da que tenga displasia? Pues eso mismo.

    ¿Por qué nos gusta siempre subrayar aquellas enfermedades o situaciones personales que se han mitificado? ¿Con qué fin las empleamos? Parece que una displasia de cadera no te hace ser mala persona; pero una enfermedad mental lo puede llevar innato.

    El lenguaje periodístico ha sido siempre el adepto del contexto y actualidad social. Pero esa afiliación ha ido impuesta por realidades dispares, por objetivos desemejantes que han esgrimido este como un arma blanca que cocina dogmas para asegurar la identidad de los individuos. Y hacerlo a su antojo.

    Y es que ya lo preveía el filósofo francés Jacques Derrida:

    El primer rasgo es que la actualidad, precisamente, está hecha. Para saber de qué está hecha, no es menos preciso saber que lo está. No está dada sino activamente producida, cribada, utilizada y performativamente interpretada por numerosos dispositivos ficticios o artificiales, jerarquizadores y selectivos, siempre al servicio de fuerzas e intereses que los “sujetos” y los agentes (productores y consumidores de actualidad -a veces también son “filósofos” y siempre intérpretes) nunca perciben lo suficiente. Por más singular, irreductible, testaruda, dolorosa o trágica que sea la “realidad” a la cual se refiere la “actualidad”, ésta nos llega a través de una hechura ficcional. No es posible analizarla más que al precio de un trabajo de resistencia, de contra interpretación vigilante, etcétera. Hegel tenía razón al exhortar al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos. Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión.

    Ya no son solos los intelectuales los que adquieren un compromiso con la sociedad. Actualmente, estamos acribillados, no solo por los medios convencionales, sino por las redes sociales, blogs, canales de Youtube y numerosas cuentas que recorren la red. Y entre este batiburrillo, se encuentra la importancia de la inclusión social, de la responsabilidad con la ciudadanía y de la construcción de una realidad honesta que elimine el lenguaje sectario y una gramática ofensiva.

    El estigma ante la enfermedad mental, ante el sinhogar, ante el inmigrante, brota de estos titulares amarillistas que buscan la confección del verdadero drama utilizando este como axioma del periodismo. Y cabe destacar que de esto pasamos al otro vértice: la foto del sinhogar buscando el plano de la calle, los bártulos (y si hay suciedad mejor) bajo el título “Un sinhogar devuelve la cartera a una señora” para demostrar que, pese a todo, son buenas personas y promover un oohh dentro de nuestras entrañas.

    Cada palabra usada forma parte de la comprensión e interpretación del mundo en el que vivimos. La integridad, el valor moral y el compromiso con la ciudadanía que ha estado más señalada debe seguir unos cánones que no les limiten dentro de unas categorías.

    Nuestro papel no es remover falsas creencias desde una escritura sensacionalista, ni de seguir apoyando esa dualidad de esos frente a nosotros, sino que debemos asumir una responsabilidad personal que tiene que proyectarse ante cada intérprete de la ciudadanía.

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